Veintiuno

Veintiuno
Por: Álvaro Guzmán Catanzaro.

Siempre que paso frente a un casino, me imagino que un día entro totalmente decidido, apuesto una mínima cantidad de dinero y salgo con un gran premio en los bolsillos. Confieso que no tengo experiencia en las apuestas ni en ese tipo de juegos. Pocas veces he entrado a un casino en el pasado. Cuando estaba en el colegio, me dejaba crecer la barba lo más que podía para evitar posibles complicaciones y así disfrutar de los elíxires y cigarros gratis que te invitan las atentas señoritas que engríen al cliente en esos lugares. Pues un día –un viernes para ser exactos–, años después de haber salido del colegio, me confirmaron que habían depositado en mi cuenta de ahorro en soles un pago que venía esperando desde varios meses atrás por la edición de unos textos importantes. Mi emoción fue tal, que esa misma noche me fui con unos amigos a celebrar el acontecimiento en un bar local. El tiempo, como de costumbre, pasó rápido e imperceptible. En eso, recordé que existían los relojes y le pedí al Gato que me dijera la hora.

Bueno muchachos, creo que ya fue suficiente celebración por hoy. ¿Qué dicen si la seguimos mañana?, dije de manera sorpresiva y enredada. Como era de esperarse, mi masculinidad fue atacada por todos. Pero temprano no era y el cansancio me estaba ganando. Luego de unos minutos y un último sorbo, me levanté, me despedí de todos (incluyendo una señorita que iba de salida y a la cual no conocía), me tropecé levemente, causé algunas risas finales y me fui tratando en vano de mantener la postura.

Me subí a un taxi rumbo a mi cama. Abrí por completo la ventana del carro y comencé a respirar hondo y parejo, llenando gustosamente mis pulmones con ese aire nocturno y limeño. De pronto, me llamó la atención un resplandor que brillaba varios metros más adelante y extendía su aura hasta la pista de enfrente. Como si fuese un palacio hecho íntegramente de oro. Le pedí al taxista que se detuviera y me bajé invadido por una profunda curiosidad y asombro. Mi cara de desconcierto fue evidente al encontrarme parado frente a una puerta grande y dorada con un hombre enternado de ascendencia asiática que me llevaba, por lo menos, tres cabezas. Había olvidado por completo que ese era un casino: el “Lucky Dragon”. Mi destino me estaba avisando a gritos lo que tenía que hacer. Saludé al hombre como si fuese un cliente regular. Ni bien entré, una señorita me abordó, preguntando si deseaba algo de tomar. “Un martini, por favor”, respondí con soltura. Aunque no estaba seguro de lo que hacía ahí dentro, una inexplicable e inusual confianza me envolvía a cada paso. Caminé en línea recta sin dejar que se revele mi falta de experiencia. Sin embargo, no estaba pensando en lo que tenía que hacer. En realidad no estaba pensando en nada. Solo reaccionaba al entorno.

En mi vida había jugado Black Jack. Antes de llegar a la mesa, otra señorita de azul me señaló en dónde podía sacar fichas. Verdad, necesito fichas, pensé. Llegué a la ventanilla y cambié un billete de cien soles. En mi mano cayeron 4 fichas con el número “25”. Di media vuelta y emprendí de nuevo el camino hacia el juego que me esperaba con un asiento desocupado en el medio. Ni bien me senté, comencé a copiar con disimulo la actitud y gestos de los hombres que me acompañaban a cada lado. Ambos me miraron de reojo. Yo seguía inmutable. El repartidor de cartas comenzó a hacer lo suyo. La persona a mi izquierda era un hombre gordo bastante mayor y nervioso, que daba grandes sorbos a su vaso. Puse las fichas sobre la mesa. Aposté una de ellas. El hombre de mi derecha volvió a darme una mirada rápida. Era un señor chino de contextura delgada con canas en el lugar de las patillas. Usaba anteojos de lunas amarillas y se le veía muy concentrado. “Reparte”, ordenó él. “Reparte”, repetí yo.

En el primer juego, rechacé una tercera carta del repartidor. Ni siquiera había revisado las mías. Lo único que sabía por las películas es que la suma de las cartas tenía que dar 21. En la segunda pasada, mantuve mi ficha y añadí otra. Esta vez sí acepté la tercera carta. Les di la vuelta. “Felicitaciones, señor”, me dijo el muchacho. Se me congelaron las venas. ¿O sea, saqué veintiuno? No lo podía creer. Sin embargo, no me permití dar muestras de sorpresa y comprometer la misión. Miré al repartidor con una leve sonrisa y le di las gracias levantando la ceja derecha. Aunque los sujetos que me acompañaban ni se movieron, percibí que les había fastidiado en el alma. En la siguiente pasada, aposté cuatro fichas. Terminé mi martini y pedí otro. Otra vez tenía dos cartas en la mesa. Esta vez sí las levanté con cautela, pero me fue imposible sumar ambos números. Ya era mi turno. De manera inexplicable, mi dedo medio se movió por su cuenta y golpeó la mesa dos veces. Una carta voló hacia mí, y cuando menos lo esperaba, había ganado de nuevo. Esta vez los dos hombres voltearon a verme. Me imaginaba las palabras que estarían repitiendo en sus cabezas. Ahora tenía más fichas al frente, las que acomodé en pequeñas torres. Pedí otra copa. “¡Está rico esto, ah!”, exclamé hacia ellos. Miré al repartidor y le hice un gesto para continuar. El gordo sudaba de manera inhumana. El chino hablaba solo y estaba a punto de arrancarse las patillas.

En el tercer juego aposté casi todo. Dejé pasar una carta. Esta vez no me fijé en nada. Me tocaba a mí de nuevo. Le pedí una carta más, la agarré, me la acerqué a la cara, le di la vuelta. Me paré, la tiré sobre la mesa. Me dieron más fichas, Le regalé unas cuantas al repartidor y, sin decir nada, me retiré con los bolsillos llenos.