Subiendo a la tierra y bajando del cielo

Subiendo a la tierra y bajando del cielo
Por Carolina Amaya Montero

Una hoja y lápices de colores hacían que a Marquito le brillen los ojos. Le gustaba tanto pintar que no le importaba si se salía de la raya, a pesar de que su profesora le decía lo contrario, pues donde no había color, estaba vacío.

Le gustaban tanto los colores, que un día tuvo la idea de pintar todo aquello que sea blanco. Pintó paredes, cuadernos, las canas de su abuelita; quiso pintar a Mimí, su gato, pero éste no se dejó a comparación de Nube, la cachorrita de su vecina.

Pintó todo el camino desde su colegio hasta su casa; se subió al techo y también lo pintó hasta que el cielo se puso gris, casi negro. Cuando terminó, descansó sobre el tejado y se dio cuenta de algo.
“¡Las estrellas!”, dijo. “¡¿Cómo voy a pintar las estrellas?!”

Marquito pasó varios días pensando en cómo llegar hasta las estrellas.

Un día ve caer una estrella fugaz. Le pregunta a su mamá por qué se caía y ella le responde: “A veces caen, a veces suben, quién sabe, de repente tú estás de cabeza”. Emocionado, va corriendo al lugar donde aquella estrella blanca cayó, pues era su única oportunidad de pintar una.

Al llegar al lugar, descubre a la estrella caída, pero llorando.

“Hola, me llamo Marco, ¿Cómo te llamas? ¿Por qué lloras…?”, le pregunta. La estrella le responde: “Me llamo Capella. Solo quería saber qué había aquí arriba, pero una fuerza extraña me jaló. Ahora estoy adolorida y he perdido mi forma”.

Marquito quiere consolar a Capella pero no sabe cómo hacerlo, solo sabe que los colores a él lo hacen muy feliz, por lo que le propone pintarla para que ella también comparta su felicidad.

Al terminar, la estrella se siente mucho mejor, recobra fuerzas, y le gusta tanto, que en agradecimiento le propone concederle el deseo más grande a Marquito.

“Me encantaría pintar todas las estrellas del cielo”.

“¡Qué gran idea!”, dice Capella. “Estoy segura que a todas mis amigas les encantaría. Pero, por qué quieres hacerlo. Somos muchas y te vas a demorar”.

Marquito le responde: “Es que me faltan pintarlas, son blancas, y me he propuesto pintar todo lo que sea blanco”.

Esa misma noche, Capella lo lleva al cielo a cumplir su deseo. Marquito se sube en ella y…

“¡Estamos volando!”, grita.

Capella le responde: “En realidad estamos cayendo, todo aquí está de cabeza”.

Caen y caen tanto que el cielo se pone gris, casi negro; y los ojos de Marquito le brillan tanto como las estrellas que veía desde su tejado.

Ya en el cielo, estaba tan emocionado que pinta tantas estrellas como puede. Y no se dio cuenta que sus colores se terminaban.

“Tengo que regresar a la tierra para traer nuevos colores”.

Capella se ofreció valientemente a subir con Marquito a la tierra y retornarlo en cuanto consiga más colores.

Todos los días fueron así, Marquito bajaba al cielo y subía a la tierra, hasta que terminó de pintar la última estrella; cumplió su deseo.

Todas las estrellas estaban muy agradecidas y contentas con sus nuevos colores, por lo que se reúnen y deciden, entre todas, concederle a Marquito un deseo que dure para siempre.

Marquito piensa y dice: “Si me concedieron un deseo a mí, ¿Por qué no lo hacen con los demás niños?” Las estrellas se quedan asombradas por su humildad y le proponen el siguiente acuerdo:

“Cada año, muchas estrellas suben a la tierra, y cada vez que un niño la vea, se le cumplirá el deseo más grande que pueda tener. Así será por siempre”.

Los años han pasado y hoy, Marco, que ya creció, sigue viendo su arte en el cielo gris, casi negro, que ahora brilla de colores; y cada vez que ve una estrella subir, siente la satisfacción de saber que el deseo de un niño se está cumpliendo.

Por eso, siempre que se ve una estrella caer, en realidad sube; y si se pide un deseo, puede llegar a cumplirse si lo sientes desde el corazón, como Marquito lo hizo un día.