Solo quiero un abrazo

Solo quiero un abrazo
Por Fiorella Cox

“¿Que cómo llegué a parar aquí? Uy, ya ni me acuerdo, mamita, pero pienso que quien me trajo olvidó quién yo era; o de repente, simplemente decidió olvidarme. Pues yo no me olvido de su cara, si es igualito a mí, mi hijo Josué. Tenía que hacer su vida pues, no podía interponerme. Así hay hijos, que no se acuerdan quién los trajo al mundo. Hay muchos como yo aquí, al menos me siento en casa, acompañado, ¿me entiendes? De vez en cuando vienen chicos de tu edad, nos traen cositas, nos abrazan y besan como si fuéramos sus abuelitos. Eso me hace sentir bien. No me puedo quejar, tengo con quién conversar, a quién contarle cómo me siento… 

 Andrés, 79 años.

Yo no caí en este lugar de casualidad, pero tampoco vine porque quise hacerlo. Lo que más rabia me da es haber tenido que conocer este asilo por un trabajo del instituto y no por mi voluntad. El domingo primero de setiembre, mis compañeros y yo visitamos un asilo en la victoria como parte de un trabajo de redacción en el curso de Realidad Nacional, y vaya realidad nacional la que nos tocó ver. Pasadizos largos, puertas de madera y un cartel de “silencio” nos dieron la bienvenida, mientras de fondo sólo se oía el ruido de las aves y las risas de unos niños. Antes de llegar a donde se encuentra el corazón de esta crónica, nos encontramos en Javier Prado con Aviación; pero, como no sabíamos ni dónde estábamos parados, y por el miedo de tomar un bus y bajar en la parada, tomamos un taxi. Nos acomodamos como pudimos y empezamos la travesía hacia el albergue. Es increíble cómo la avenida Aviación va tomando una apariencia distinta a medida que recorremos sus cuadras, es increíble y hasta da miedo.

Una vez ahí, entramos en pánico. La casa parecía abandonada, las paredes amarillas y los muros grandes daban un aspecto tenebroso e irreal. Bill tocaba la puerta y nadie abría, lo que nos ponía más nerviosos. Cuando por fin ingresamos, fue como entrar a otra dimensión: el pasadizo era extenso, los muros eran altos; el jardín, grande y los ancianos descansaban en las bancas a la luz del día, tal vez esperando la hora del almuerzo, tal vez esperando sólo una visita. Muchas veces nos concentramos en todo lo que nos gustaría tener, todo lo que nos falta, o todo lo que perdimos. Sin embargo, existe gente que ya dejó de pensar hasta en sí mismos, lo hemos visto en los ojos de esas personas. El hogar Madre Teresa de Calcula es un albergue que fue fundado en el año 1978 con la finalidad de amparar a niños y ancianos con discapacidad física y mental. Hay aproximadamente 60 niños y alrededor de 120 adultos mayores viviendo ahí y siendo atendidos desinteresadamente por voluntarios que acuden a dar una mano con labores como las que nosotros hicimos. Como pudimos ver y averiguar, este lugar es dirigido por una madre superiora llamada Aurora, a quien, lamentablemente, no pudimos conocer. Además, tienen como apoyo a ocho madres voluntarias, un médico, dos psicólogos, un psiquiatra, y hermanas de la caridad, provenientes de la India, Colombia y México, además de terapeutas.

Entrar no es muy difícil: básicamente, es suficiente llevar una pequeña donación y estar dispuesto a apoyar en las labores domésticas de la casa. Entregamos los víveres que los chicos habían comprado, pudimos ver un poco más de cerca el lugar y las condiciones en las que se encontraba. Pudimos conversar con una de las hermanas misioneras que ahí viven, pedirle un poco de información para la crónica y nos recomendó subir al segundo piso y apoyar primero con los niños. Lo hicimos y esta vez tocamos un portón, que era como la entrada a un colegio. Entramos a la cocina y nos formamos en una línea a escuchar unas recomendaciones de la hermana encargada. Repartió el alimento para los niños y me dejó responsable de lavar los platos, ya que no tuve la valentía de darles de comer a los pequeños. Al ver a mis compañeros por la ventana, me di cuenta de que todos los niños miraban sonrientes. Fue difícil adaptarnos, pero logramos hacer lo mejor que pudimos. Hacerlo con respeto y amor fue nuestra prioridad. Bajamos al primer piso, esta vez a ayudar en el área destinada para los ancianos y encontramos, para nuestra sorpresa, al resto del aula. El segundo grupo había venido al mismo lugar que nosotros, así que nos repartimos labores: Omar y yo repartíamos la comida, Bill lavaba los platos con otros jóvenes; Melissa, Luis y Jean Pierre conversaban con Enrique, otro voluntario más asiduo que explicaba ciertos procedimientos y actividades que se realizaban en el albergue. Otros ayudaban a los abuelos a comer y se sentaban a charlar con ellos.

Nos sentimos parte de sus vidas, y hasta culpables en cierto modo de sus historias. Estaba Andrés, de 79 años, quien me hizo reír con todo lo que me decía, lo que me demostró que no todos están tristes; algunos se sienten, de cierta forma, bendecidos por estar ahí. Algunos habían ya olvidado todo, incluso la pena. Terminaron de comer, levantamos los platos y los ancianos se fueron desplazando lentamente hacia sus habitaciones. Uno a uno se perdía detrás de esas puertas de madera, que se cerraban a medida que entraba el último de sus huéspedes.

El comedor quedó vacío, empezó la limpieza del mismo y otra vez a hacer todo con amor y respeto, con el corazón. Algunos lavaron los últimos platos; algunos, conversaban en un rincón; otros, sacaban la última información para esta crónica. Nos quedó la experiencia de trabajar en equipo no sólo como grupo, sino como aula, y eso fue lo más satisfactorio. Salimos, agradecimos a las hermanas por su paciencia, nos despedimos y otra vez nos vimos en la calle, en plena parada. Nos dio miedo tomar carro, así que tomamos un taxi. Nuevamente nos acomodamos como pudimos y empezamos la travesía rumbo al origen, en Javier Prado. Es increíble cómo la avenida Aviación va tomando una apariencia distinta a medida que recorremos sus cuadras. Es increíble, pero ya no sentimos más miedo.