Sendero en casa

Sendero en casa

“El terrorismo nace del odio,

se basa en el desprecio de la vida del hombre
y es un auténtico crimen contra la humanidad”.
Juan Pablo II

Por Ántero Gargurevich

9 de febrero de 1992. Son las tres de la mañana y el sonido de los niños pateando un balón en el parque frente a mi casa resulta insoportable. Durante horas se escuchó el bullicio de los trotes desesperados detrásde la pelota desinflada de Henry, un flacode la cuadra.En el afán de escapar de ese sonido me acurruqué en la cama junto a mis padres,pero pasó una hora y la historia no cambió. De pronto, de manera abrupta el juego se detuvo. “¿Algo sucedió?”, me pregunté sorprendido, mientras el sonido del silencio inundó la madrugada.Sin embargo, el sueño aún era insuficiente.

Recuerdo aquel día como si fuera ayer: era cumpleaños de mi padre y en casa mamá preparóuna cena para celebrarlo. Cuando llegó, nos reunimos todos en la sala y cantamos el tradicional “HappyBirthday”. La sonrisa de papá era inmensa;sus carcajadas y sus muestras de cariño hacia mi hermana y a hacia míeran interminables. Sandritatenía, en ese entonces, ocho años y cursaba el tercer grado de primaria en un colegio de la zona.Yo, por el contrario,con apenas dos navidades encima,pasaba mis días jugando con los hijos de la empleada del hogar. ¿La razón? Nunca nadie estaba en casa y no tenían a quién dejar a mi cuidado. Usualmente se turnaban para irme a recoger; a veces era mamá, otro día papá y raramente mi hermana. Ese día no fue la excepción.

Mamá vestía una blusa roja y tacos altos. Era usual verla en sastre al salir del trabajo. Siempre decía que el mejor ejemplo para sus alumnos tenía que partir de ella, por eso evitaba bromear con nosotros delante de los demás. Su imagen era de una mujer dura y dedicada a su familia. El colegio en el que trabajaba se llamaba Virgen de la Merced y pertenecía a una ONG encargada de construir instituciones educativas en las zonas rurales de la capital. El terrorismo en esa época generó que países de Europa, como Francia, Italia, España y Holanda, tuvieran los ojos puestos en nuestropaís;y la mejor manera de ayudar a salir de la recesión era construyendocolegios. Mi mamá –o “Charito”, como le decían–fue directora de uno de esos centros educativos, alláen Ancón, un lugar alejado de Lima en el que nos instalamos por su comodidad laboral y donde finalmente me crié.

Al igual que mamá, papá también estuvo ligado a la educación, pero enun nivel superior. Él era profesor de Filosofía y Sociología en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM) y en la Universidad del Callao. En ambos lugaresenseñó desde que era estudiante. Destacado entre sus colegas catedráticospor su apasionada labor pedagógica, papá aprovechaba su juventud para llegar con mayor eficacia a los alumnos universitarios. En las mañanas dictaba clases de Filosofía, en las tardes de Sociología y en las noches estudiaba Derecho. Siempre fue alguien comprometido a su desarrollo profesional, pero también alavance del país. “Si el Perú se librara de corruptos todo sería diferente”, repetía cada vez que escuchaba, en la transmisión de RPP,el discurso improvisado de algún político.

Esa noche, luego de las celebraciones del cumpleaños, decidimos ir a dormir. Sandra, mi hermana, se acomodó en uno de los sillones de la sala, mientras yo, aturdido por el juego de fulbito de los vecinos busqué refugio junto a papá. Luego, el silencio detuvo la noche y el sonido de una sirena se escuchó a lo lejos. En la oscuridad, las luces amarillas de los autos ingresaban a la habitación. “¿Qué pasa?”, me preguntaba mientras intentaba ver por la ventana pegada a la cabecera de la cama. Con esfuerzo logré ponerme de pie y misojos vieron la calle. Lo que vi fue espeluznante. Personas uniformadas de verde ingresaban sigilosamente a las casas y sacaban a los padres de familia. Una vez en la calle los arrodillaban y azotaban hasta que dieran alguna información que ellos buscaban. Yo no entendía nada. De pronto me percaté que los hombres cada vez estaban más cerca de casa. Intenté advertirle a papá, pero ya era demasiado tarde.

De un potente golpe abrieron la puerta. Los gritos desesperados de Sandra se escucharon en la sala. Papá despertó al escuchar el llanto de mi hermana, cogió una escoba y caminó hacia ella. Los hombres de verde confrontaron su fuerza y con maniobras marciales lo mandaron al piso. “¡Déjenlo, ¿Qué quieren?!”, preguntaba mamá mientras sus brazos temblaban alrededor de nosotros.“¿Qué buscan? Él no ha hecho nada”. Papá parecía adormecido por la golpiza y con mucho esfuerzo logró ponerse de pie. Las marrocas rodearon sus muñecas y a empujones fue sacado a la calle. De un auto negro como la noche, estacionado a pocos metros, bajó un hombre bajo de estatura y de aspecto temeroso. “¿Así que tú eres el soplón no? Te cagaste por meterte con nosotros”. Papá reaccionó y exclamó por nuestra liberación. “Ellos no tienen nada que ver carajo. Déjalos tranquilos, son mi familia”. El hombre, cada vez más cerca de él, asintió con la cabeza en claro aviso de que nos dejaran libres, pero mamá no quería huir. Ella no iba dejar a papá solo, menos aun cuando una corazonada le decía que el terrorismo había llegado a su casa. No se equivocó.

El interrogatorio se hacía más intenso con el pasar de los minutos. Ver a mi padre sangrando era impactante. Papá, al ver las lágrimas caer sobre mi rostro, pidió detener el castigo por un momento. Se acercó a mí y tranquilo dijo a mi oído: “Nada va a pasar, solo estamos jugando”. Esa frase calmó mi llanto. Las sirenas advirtieron a los hombres de verde que la policía se acercaba. En un acto apurado por dejar el lugar, todos volvieron a sus vehículos. En la pista solo quedaron el hombre bajo y papá. Sus manos lo ayudaron a levantarse y subir al auto mientras le decía: “Hermano, esta lucha valdrá la pena. Tu vida tendrá sus frutos para el país”. Su arma apuntó hacia su rostro. Mamá cubrió mis ojos y los de mi hermana. Durante los siguientes segundos no se oyó nada. Un sonido fuerte se escuchó de pronto, y las manos de mi madre apretaron nuestros ojos cada vez más fuerte.“Papá se ha ido”, murmuró dolida.

Este cuento está dedicado a mi padre.
“Sé que Arbasthios te seguirá cuidando”.