Nadine importa

Nadine importa
Por Sergio Paz Murga

Dicto el curso de Medios y Realidad Nacional desde hace un par de años en ISIL y siempre, en las primeras clases, trato de sondear entre mis alumnos su nivel de información y capacidad de análisis de aquello que sucede afuera, en eso que llamamos Perú.

Casi siempre, no defraudan, conocen del tema, como si sus cabecitas estuvieran programadas para la clásica pirámide invertida –que todo comunicador conoce al revés y al derecho– con el qué, el cuándo, el dónde, el quién y el cómo.

Sin embargo, siempre hay una pregunta que los saca de su cuadradito mental: ¿Por qué es importante saber esto?  Tomemos un caso altamente mediático como el de Nadine Heredia.

Ok, saben que es la primera dama, muy joven, bella e inteligente, que parece que gobernara nuestro país y que podría lanzarse como candidata a las elecciones del 2016, a pesar de que está prohibido por ley. Ojo, no saben aún explicar qué ley.

Pero, ¿Por qué es tan importante lo que hace o dice la esposa del presidente Ollanta Humala? Y dejemos acá el chisme político y maledicencia que abunda en la prensa nacional. El silencio reina en el aula y yo, me sonrío.

Es importante, porque nos atañe a todos, la política, nos incumbe a todos. Nos da la pauta del país que tenemos o queremos llegar a tener. Nadine –con el respeto que se merece– no solo es una primera dama muy figureti. Es la mujer más poderosa de este país.

No ha existido en toda nuestra historia republicana  ninguna mujer con semejante poder de decisiones, con voz y voto en cada gabinete aprobado por el presidente Humala. Cual César en el Imperio Romano parece subir o bajar el dedo a cada Premier “elegido” –eso creemos, ¿No? – por el jefe de Estado. Ya llevan cinco en tres años.

Quizá las que podrían acercarse –pero vagamente– serían la esposa del dictador Manuel A. Odría, María, en los cincuenta. Una mujer con gran preocupación social y ambición política. Incluso, postuló a la alcaldía de Lima pero perdió ante el “tucán” Bedoya Reyes. La otra, de recuerdo más fresco, la inefable Eliane Karp. Pero a ella solo le preocupaban las momias y los discursos reivindicativos sociales y antropológicos, antes que las urnas. Felizmente.

Nadine ya pasó, hace rato, de lo anecdótico. En cada desfile del 29 de julio tiene silla propia en un palco en el que el protocolo –tan odiado como necesario– solo coloca tres: el de los presidentes de los poderes del Estado, Ejecutivo, Legislativo y Judicial.

Está en la tribuna principal del Salón Dorado, en Palacio de Gobierno, a la diestra de su esposo, en cada juramentación de un nuevo gabinete. Se presenta a reuniones de jefes de Estado en cada gira al exterior, sino recuerden la cara de asombro de Barack Obama cuando recibió a Humala en la Casa Blanca y vio entrar y sentarse a Nadine como si fuera la Canciller. Y la última, el bochornoso incidente de la alfombra roja en Chile.

Ello demuestra poco o nulo respeto por las formas y la ley, sino miren la elección a dedo de Heredia como presidenta del Partido Nacionalista cuando la ley electoral establece elecciones primarias a una formación política para escoger a su dirigencia nacional.

Como le repito a mis alumnos, la política no debe verse como algo aburrido o desacreditado, sino como una arma poderosa para el acatamiento de la ley y de las instituciones en un sano régimen democrático.

A Nadine hay que criticarla por su desmesurada ambición política, que mella la figura del jefe de Estado. Que es mujer, perfecto, que tiene gran preocupación por los pobres, mejor aún, pero recuerde que los peruanos elegimos presidente a Ollanta Humala, y solo a él para que gobierne.

Finalizo esta nota recordando a mis alumnos, que la realidad de hoy es el pasado del mañana y que la historia hay que saberla para no volver a repetirla. Ellos, todos nosotros, estamos viviendo la historia.

El Perú es un país que está experimentando un gran desarrollo económico, pero sería bueno que sus políticos estén a la altura de la situación o que los comunicadores, se los recordemos. Como ven lo de Nadine importa, y mucho.