Miedo en la playa

Miedo en la playa
Por: Gabriel García Rodríguez.

“Es un día extraño”, piensa Verónica. La brisa marina golpea con fuerza su rostro y cuerpo. Cierra los ojos y piensa que tranquilamente podría estar en un día de playa en Punta Hermosa o en Señoritas, pero está en la Florida, en FT Lauderdale para ser precisos. Y ahí nunca corre viento ni nada que se le parezca, salvo en temporada de huracanes. Es precisamente por eso que la gente moriría de calor sino fuera por el aire acondicionado.

Está echada en su toalla sobre la arena sin pensar en nada en particular. A su derecha descansa Omar. Ella lo contempla mientras duerme. Su pelo marrón oscuro y sus grandes ojos color caramelo fueron lo primero que la cautivaron. Es un hombre bello por fuera y por dentro, piensa Verónica. Él duerme plácidamente con una inocencia casi infantil, pero ella lo conoce y sabe que detrás de esa aparente calma se esconde un hombre de carácter fuerte que hace temblar a toda la Cancillería si las cosas no se hacen como él quiere; un hombre de una inteligencia desbordante que solo se compara con la bondad de su corazón.

A lo lejos ella siente que un vehículo se acerca a la playa. Voltea y observa que una camioneta roja aproximarse. Qué odiosos, ya no seremos los únicos en la playa, piensa Verónica. Vuelve a su anterior posición y le da la espalda a los nuevos veraneantes. Omar despierta súbitamente y le pregunta si quiere meterse al mar. Ella dice que no, que recién han llegado y que el bloqueador aún no hace efecto. El no insiste, sabe que su esposa tiene la piel muy blanca y que el sol de la Florida es inclemente.

Ella se queda en su sitio y ve como su esposo corre en dirección al mar. Se pone los lentes de sol y trata de dormir un rato; no puede, no se siente relajada. Algo le impide sentirse tranquila, de pronto empieza a sentir miedo, escalofríos inexplicables y decide pararse e ir al mar junto a su marido. Se sienta para tratar de ubicarlo y lo ve a lo lejos conversando en el mar con otra persona, un hombre.

Dios mío por favor ayúdame, piensa Verónica, en su cabeza. El hombre parado conversando con su esposo es Hans. Pero cómo diablos. No es posible lo condenaron a 5 años, es imposible que esté libre. Qué imbécil soy, dos años de soltera en Lima, más casi tres de matrimonio con Omar. Dios, son los cinco años. Ya ha salido. Que estúpida soy como se me ocurrió regresar a Miami. Todo esto piensa mientras las lágrimas ya brotan por sus ojos y le queman como si fueran de fuego.

No puede hablar, se le ha ido la voz como en la escena más terrorífica que pueda recordar. Lo de Hans nadie lo sabe, salvo sus padres y sus amigas más íntimas. Ella no hizo nada malo, su único error fue haber creído en un mentiroso. Es increíble, parece como si los años o la prisión no hubiesen pasado por la vida de Hans. El luce exactamente igual, como si el tiempo se hubiese detenido aquella tarde del 2007 a la salida del juzgado.

Las escenas de aquel día, de su relación tormentosa de cuatro años con él, de los momentos tan difíciles cuando vivían juntos en Florida, todo empieza a aparecer en la mente de Verónica, como una película vieja y desgastada. Aquel verano del 2005 en el que viajaron juntos al Perú, aquel verano en el que sus sospechas acerca de las actividades ilícitas de Hans se iban haciendo más evidentes, aquel verano que empezaba a morir y daba paso a la noche más oscura que ella haya tenido que vivir.

De pronto ellos empiezan a caminar hacia Verónica, en paso lento pero seguro y ella puede ver que el rostro de su esposo tiene una expresión extraña, desencajada, y ella teme lo peor. Seguro Hans le ha contado sobre la relación que tuvieron, sobre los años de cárcel en Miami, sobre los silencios y la supuesta traición que ella cometió.

Ella piensa que es el fin de todo, que Omar no le perdonará que le haya ocultado toda esa historia tan desagradable, larga y dura. Verónica piensa pedirle perdón, por no haberle contado esa parte de su vida, por haber querido acabar de raíz con recuerdos que aún duelen y mortifican su existencia. Recuerdos que, hasta hace no poco, le hicieron derramar algunas lágrimas en la sala de su departamento en San Isidro, sentada en la oscuridad, amparada en el sueño profundo de su marido en la habitación de al lado.

Tiene terror porque sabe que Omar no se lo perdonará, porque seguro él pensará que siempre le ha mentido y que si se ha callado toda esa historia es porque ella también tuvo algo de culpa en todo ese escandaloso asunto del narcotráfico. Cómo explicarle a su marido que cuando ella empezó a salir con Hans, tenía apenas 18 años y que se enamoró profundamente y que tontamente idealizó en todo sentido a ese hombre que ahora camina junto a él y va en dirección a ella.

Ella siente que su cara está inundada de lágrimas y la siente roja. Una mezcla de miedo, tristeza y vergüenza se apoderan de ella. “¿Por qué estás llorando, Verónica?”, pregunta Omar, una vez que terminan de acercarse. “Hace un rato me acabo de enterar de algo muy desagradable y necesito decírtelo”. “¿De qué te has enterado, Omar?”. “Me encontré con este hombre hace un rato en el mar y me contó una historia horrorosa. Dice que hace poco un narco salió de la cárcel y que apuñaló salvajemente a su ex amante en esta playa. Me dice que tengamos cuidado y que mejor nos marchemos de acá”.

Hans sonríe, mira a Verónica y se presenta. “Gracias por todo, ya nos vamos”, le dice Verónica. “Por nada, es tan solo una historia”, contesta él.