La música que escuchas

La música que escuchas
Por Manuel Eráusquin, docente de Comunicación Integral y periodista para ElMontonero.pe

 

Aprender a elegir marca el camino de la personalidad. Los padres tienen que asimilar esto bien, los chicos poco a poco empiezan a decidir y se forman como personas. Al principio eligen los juguetes que desean, luego la ropa que vestirán en el cumpleaños de algún primo o amigo del nido,  o también a aquella persona que movilizará su pequeño, pero intenso corazón. Ahí surgen ciertos sonidos, una música que ambientará las experiencias de una vida que muestra lados amables y esquivos. Pero no importa, siempre habrá algo para escuchar y volar.

De chico había un programa llamado Disco Club, conducido por Gerardo Manuel, un tipo ingenioso y un músico enamorado del rock. Desde el canal 7, la estación del Estado, empecé a aprender a elegir la música que ambientaría el día a día de mi vida. Poco tiempo después las radios ampliarían mi abanico de posibilidades musicales para culminar en las tiendas de discos y comprar lo que consideraba digno de tener en casa. La capacidad selectiva comenzaba a surgir, lo mejor de los Beatles, Rolling Stones, The Police, Queen o David Bowie irrumpía con sus propuestas sonoras para darle brillo y audacia a mis tardes de tareas o labores escolares.

Pero después llegaron otras voces, como las de Charly García, Joaquín Sabina, Fito Páez o Andrés Calamaro. El fin de la etapa escolar y advenimiento de los tiempos universitarios planteaba una mirada distinta, quizá más adulta. Las voces de bandas peruanas no estuvieron ausentes: Frágil y Mar de Copas encabezaban la lista. Distintas generacionalmente y en términos creativos, pero potentes con su respectiva personalidad. Una música que acompañaba sus letras en el idioma propio y buscaba decir algo. Eso fue una de las seducciones mayores. El querer decir siempre algo.

Pero en ese recorrido Soda Stereo tuvo sus momentos, quizás no tan avasallantes como otros grupos de rock en español o solistas. Siempre preferí la hondura reflexiva de Charly García, la teatralidad de Fito Páez, el dramatismo sentimental de Calamaro o el tono licencioso de Sabina. Y en esos niveles acompañaron mis horas de estudiante universitario. Sin embargo, Gustavo Cerati, Charly Alberti y Zeta ingresaban sin pedir permiso vía algún amigo y estallaba en mis oídos la ochentera Persiana americana o De música ligera. Reconozco que las disfrutaba y me remitían a tiempos del colegio cuando alguien, un compañero de clase, se animó a ir con solo 12 años al Amauta a ver este grupo argentino que marcó una época con la inventiva de su personalidad musical. Tuve tiempos de escucharlos y disfrutar viajes por carretera con Soda Stereo. Eso me hizo sentir una deuda con la buena música. Y las deudas se tienen que honrar.

Cuando se anunció la gira Me verás volver era la oportunidad, el grupo se volvía a unir y el año 2007 se convertía en la única oportunidad de verlos y pagar al contado un tributo ineludible. Así fue y canté con entusiasmo adolescente. Nada mal cuando uno quiere remontar tiempos pasados cubiertos por el encanto de la idealización.

Tres años después fui a ver a Cerati en el estadio San Marcos, esa vez desplegando su talento como solista y exponiendo su música más audaz a nivel personal. Disfrute y luego tristeza. Cuando fue a cantar a Venezuela pasó lo que sabemos: una descompensación de la cual no despertó. Su fallecimiento hace unos días, después de haber estado coma durante cuatro años, impacta y conmueve. A veces las cosas ocurren y no hay nada qué hacer. Pero siempre está la música y eso alienta. Por eso, a  cada día se le debería dedicar una canción, un tema que refleje nuestro ánimo o temperamento del que disponemos. Así el transcurrir de todo sería más amable y menos áspero o intrascendente. Y elegiría a Soda Stereo y a Cerati algún viernes o sábado, e iría de prófugo a alguna ciudad donde desate mi furia.