Fútbol peruano, entre el amor y el odio

Fútbol peruano, entre el amor y el odio

Hablar del fútbol peruano es, reconozcámoslo, volver al pasado. Es preguntarse por qué, es ahogarse en un grito tardío, es la palabra del gol que fallece antes de nacer. Es la terquedad de nuestra lucha y pasión abrazando la nostalgia del triunfo. Es el añoro del toque y la entrega. Son los recuerdos de blanco y negro. Las epopeyas heroicas  de hombres y sus triunfos pasados, recordados por las derrotas del presente. Es todo esto y todo lo que usted quiera. Nadie puede negar lo que la selección de fútbol es capaz de convocar. Hablo de un fenómeno social inagotable, invencible, pero sobre todo, lujuriosamente masoquista. Porque, como dice la canción, esta es mi tierra, así es mi Perú.

Pero, ¿por qué odiamos con tanto amor este deporte? y es que el problema no es el deporte, no señor hincha, no. El problema es lo que nosotros hemos hecho de él.

Todos, o casi todos, reniegan del campeonato de fútbol peruano. Se cansan y se aburren. Critican las argollas directivas, su improvisada y decaída organización. Ese juego del cachascán que invade las canchas del “jutbol” peruano, es sin lugar a dudas la cara del fútbol nacional venido a menos. Las escasas competencias técnicas que muestran en cada partido son el reflejo de una sociedad que intenta ser lo que pudo ser y no fue.

Pero, después de todo, aun así,  existe un equipo que une lo dividido, dos colores que hacen soñar a un país de cientos de matices, de innumerables diferencias que, gracias a una selección  de fútbol, desaparecen por noventa minutos y lo que dure su celebración. Y es que, después de más treinta años, hay algo que no solo se ha encargado de refregarnos los errores, si no también, nos ha arado la cancha de esperanza, de eterna ilusión.

Soy uno de ellos, lo reconozco. Soy uno más de los millones de escépticos que han dejado de creer en el fútbol peruano interno. De alguna manera todos somos inestables, extraños, indiferentes, con nuestra familia, con los amigos, con nosotros mismos. Pero vamos, todos, absolutamente todos, apretamos  el corazón de angustia cuando once jugadores nos representan. Somos el público objetivo ideal de la publicidad que enciende como gasolina nuestra fe. Nos convertimos en fieles monaguillos de aquella gastada religión que nos promete la gloria eterna de un Perú campeón.

Porque el fútbol señores, no solo es eso, nos ha dado lecciones, nos ha sabido enseñar. Y es por todo lo que explicaré a continuación que amamos este deporte. Porque nos ha enseñado que no hay mejor final que el que te da un triunfo en los minutos extras, que no hay mejor goce que el que no tenga el drama y la angustia al lado. Que no es hincha el que no sufre, y en eso somos campeones. Porque cuando juega la selección nacional, se disfraza esa ilusión única de infancia que nos hace vibrar el corazón, como solo el fútbol sabe provocarlo. Seguimos a la selección, entiéndelo, porque agonizamos y volvemos a la vida con ella. Y levantarnos del polvo es lo que mejor nos sale. Porque nadie sabe mejor de matemáticas que nosotros en una eliminatoria. Porque somos expertos en caer de pie, a pesar de la derrota. Porque cada gol es el rugir de una batalla ganada y eso, nadie nos lo quita. Porque es fácil seguir a los que siempre ganan, y nosotros te seguimos aun con tus derrotas. Porque cuando juegas no requieres que duerma para soñar, para creer que todo es posible, que existen los milagros. Porque cuando once personas pisan una cancha, hay 30 millones que también lo hacen. Porque no solo nos han hecho gustar del fútbol, además de todo eso, y lo más importante, es que después de cada partido, te amamos más Perú.

Y esto lo compruebo hoy que no es un día cualquiera. Hoy juega Perú. Observo la sala del bar en la que estoy y entiendo con alegría y extrañeza las razones por la que el fútbol es maravilloso. Porque como decía antes, nos une, nos integra como nadie más sabe hacerlo, con fervor, con pasión, con hermandad, con esa complicidad única que buscamos todos. Esta tarde nadie es un desconocido. Las razas, las clases sociales y nuestros colores de piel se pintan de rojo y blanco. Esta tarde nos necesitamos todos, nos observamos después de cada jugada y compartimos la emoción, la angustia, porque sabemos que jugamos en el mismo equipo. Porque sabemos que más que compañeros, hoy somos hermanos.

Esta vez y como siempre, el Perú se ha unido en un solo grito, el bar se ahoga, levanta sus venas ardientes. Hoy todos cambian al hincha para volverse fanáticos. Esperando en cada jugada el anhelo del gol.

Esta vez hemos ganado, el bar ha soplado cual huracán el grito de la victoria y en ella parece llevarse  el polvo de la derrota, el fútbol parece como siempre dar sus primeros pasos, parece asomarse para liberarse del fango del conformismo, por una hora, por una semana, hasta el próximo partido, quién sabe, lo más probable quizá, hasta la próxima derrota. Porque así es el fútbol y así es mi Perú.

ci-fantasticos