Es marzo para Humberto

Es marzo para Humberto
Por: Jonathan Arriaga Negrón.

Caminaba lento, observando sus desgastados zapatos. Las manos en los bolsillos. El pobre miraba la destellante y alumbrada calle camino a casa, llena de luces y decorados. Cada cierto momento, con una sonrisa fatua y la mirada perdida recorría la calle de extremo a extremo. Echaba un suspiro de cansancio deteniéndose de lo pronto y reanudaba maquinalmente su andar.
Se hizo de noche y disfrutó de un cigarrillo mientras el viento de Lima despeinaba sus cabellos. La oscuridad irrumpía ante sus ojos y estando solo se sentía niño. Empezaba a darle miedo la noche, no por lo peligroso de alguna calle, sino por la soledad que se apoderada de su voluntad de seguir andando. Así que apresuró el paso a casa, dejando caer el cigarrillo frente a él, dándole fin al mismo y a su estancia callejera con una pisada.

–Caramba, Humberto; llegas tarde–, le sorprendieron.
–Lo siento–, dijo cerrando la puerta y avanzando temeroso al comedor mientras se quitaba el abrigo.

Repasaba la mirada de los extraños hombres frente a él: algunos sentados con una copa en la mano, otros de pie, otros charlando y los demás sentados en el living room, mirándose entre ellos, estudiosos y expectantes. No reconocía a ninguno.

–Hola–, dijo, alzando una mano torpemente.

Se dejó llevar extrañado y con una sonrisa obligada. Decidió adentrarse, poco a poco, a través de un paraje que le resultaba utópico: donde varias mujeres, jóvenes y viejas, corrían de extremo a extremo sonriéndole. Una llevaba la pasta. La otra el pollo recién cocido. Un pastel. El puré. La ensalada. La champaña.

–Ve a ponerte cómodo, querido–, dijo una de las mujeres, dándole, tiernamente, un beso en la mejilla.

El hombre miraba aturdido todo lo que pasaba. Decidió sentarse. Se percató de que algunos conversaban muy sigilosos y lo miraban de soslayo. Otros echaban carcajadas estruendosas y valientes, dominantes de su humanidad. Algunas mujeres, puntillosas por una velada perfecta, disfrazaban la mesa, colocando al lado de una vieja y elegante vajilla algunos brillantes cubiertos de plata.
Hasta las que andaban sentadas, las más extrañas, fingían preocupación y veían atentísimas cómo se desarrollaba la preparación del banquete. Sentadas en el comedor, sin mover un dedo, esperando, regordetas, llenar el estomago.

–¿Y, Humberto; cómo has estado? –, le preguntó un tipo muy joven que se había sentado a su derecha.

Humberto escudriñaba en su rostro afeitado, vital y galano algún indicio de reconocimiento. No lo reconocía. Se echó un paso al lado y llevándose otro cigarrillo a la boca lo miró autoritario y tajante.
Ambos se miraron ridículos. El hombre se levanto y acercó a él dos copas y la champaña. Empezó a servir muy preocupado de no derramarla.

–¡Vamos, Humberto, sírvase! –, dijo el hombre, entregándole una copa.
El tipo lo miró unos segundos sin entender lo que ocurría. Ahora él lo escudriñaba, respetuoso y apocado. Repasaba cada surco de su frente, las arrugas de sus ojos, de su boca. Empezó a beber haciéndole un gesto de salud muy solemne.

–¡Qué buena champaña! –, gruñó el tipo al terminar de beber su copa de un golpe.

Humberto lo miró, perspicaz, y luego hizo lo mismo.
Ese joven hombre no fue el único que se le acercó a preguntarle algo. Humberto tuvo que decir reiteradas veces que estaba bien, pues la gente se la pasaba conversando, bebiendo y bromeando. Sintió que era parte de un molesto protocolo. No tuvo mayor reparo que mimetizarse con el resto y responder iracundo. Respondió las mismas preguntas toda la noche: ¿Cómo has estado? ¿Qué harás pronto? ¿Dejaste el tabaco? ¿Qué dice la vida, Humberto? ¿Humberto? ¿Humberto?
Y desfilaron muchas personas más por esa casa. La gente no paraba de llegar. Gente desconocida que irrumpía su tranquilidad.
El comedor lucia arreglado y perfecto. La mujer que lo recibió con un beso a su llegada, anunciaba ahora la cena y faltaba poco para el festín. Se iban acercando todos, ávidamente, a la inmensa mesa. Humberto, con su silencio, mirando todo desde lejos, se había aislado.
Estaba solitario a mitad del living room. Había seguido toda la liturgia imprevisible y seguía mirando todo, sin entender nada, perplejo. El pollo en la mesa, la ensalada, el vino, la champaña, el mantel nuevo, las voces. El sonido de los platos, los cubiertos, el pollo siendo masticado.
La misma mujer al verlo desconcertado se le acercó y atrevida le preguntó al oído:

–¿Humbertito, todo bien?
–Sí, pero dígame ¿Qué está pasando aquí? ¿Qué estamos celebrando?–, preguntó dándose un espacio y mirando fijamente a la mujer.
–Tu cumpleaños, querido; es tu cumpleaños.