Así no se juega, coleguita

Así no se juega, coleguita
Por Mónica Cépeda, periodista y docente de la carrera de Comunicación Integral

Dicen que todos somos entrenadores desde la tribuna; que resulta cómodo fustigar desde internet; que es bien fácil criticar cuando no se ha pisado el terreno de juego. Pues mi caso es distinto: he corrido la cancha periodística por varios años y vengo a hablarte, querido colega, de cosas que tú y yo sabemos que están mal, pero que sigues haciendo porque crees que “así es la competencia”, que la mayoría de veces justificas echándole la culpa a tu jefe, o que santificas porque es el único camino de mantenerte como “líder” del rating.

Mi querido coleguita:  no vengo a dármela de perfecta, ni de gran maestra, pero sí, me gustaría recordarte que este mundo televisivo seduce y a veces embriaga tanto que a pesar de que te indigna que nos llamen “piojosos” o metan a tu chamba en la denominación de “televisión basura”, te niegas a  extirpar el chip que motiva tal generalización. Entonces, para que te quede clarito el mensaje, te hice un resumen didáctico de ocho costumbres comunes, por si se te ocurre reflexionar. Aquí van:

1. Gritar para que se escuche que tú hiciste “la pregunta” (aun cuando era la más obvia del mundo).  Tu voz es más chévere que la del resto y para nada  importa el conciertillo de graves y agudos -sobre todo agudos-  que se arma entre todos y que hace que el entrevistado se atolondre y- mejor aún- se altere. Claro, alterado vende más, sobre todo si es uno de esos políticos acusados por corrupción. Más bien descolocan  personajes como  Luis Bedoya Reyes, que  cuadra gente y pide cordura.

2. Pelear con tu competencia por quién incrusta primero el audífono en la oreja del entrevistado para que  los iluminados conductores le hagan en vivo las preguntas que tu jefe considera que tú, reporterit@ de calle, no eres capaz de hacer.

3. Retener –o peor aún, robar- las fotos del fallecido para evitar que la competencia las grabe y que tú las tengas en “exclusiva”. Te han dicho por ahí que en esta época la palabra exclusividad casi no existe, pero bueno, tu jefe exige que te inmoles en nombre de ella.

4. “Raptar” a los familiares de la víctima para que la competencia no los pueda entrevistar. Eres un experto/experta en eso. Tratas de llegar antes que tu colega, subes a los deudos al carro de tu canal, eres capaz de llevarlos lejos, muy lejos, aun contra su voluntad. Te apoderas de su tiempo, les mientes diciendo que los otros son unos vampiros que sacarán cosas horribles del pobre occiso.

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5. Dar la noticia de la muerte/secuestro/violación/infidelidad de alguien, a su propia familia, incluso antes que la propia policía u otro pariente cercano. ¡Genial!, ya tienes la primicia de la reacción del familiar: primer plano del rostro acongojado, las lágrimas, los gritos de dolor. Así comenzamos la nota, dice el editor.

6. Desafiar a la policía, luego hacerte la víctima. Qué,  ¿Ellos ponen orden?, pero si  tú tienes un micrófono, you´ve got the power! Por lo tanto, si los uniformados tienen que avanzar y tú estás delante de ellos, no te arrimas (¡Qué se habrán creído, tú estás mejor ubicado que la competencia)… y si te tocan, los malos son ellos, obvio.

7. Obligar a alguien que te haga entrar a su vivienda porque la competencia ya está adentro. Pero claro, estás convencid@ que las casas de los protagonistas de las noticias pierden  la denominación de propiedad privada porque así  lo dicta el orden mediático consagrado por ese cetro –perdón- micrófono que llevas en la mano.

8. Empujar, empujar, empujar. Al entrevistado, al de la competencia, al guardaespaldas, al familiar. Todo sea por conseguir la mejor imagen.

Entusiastas cibernautas tienen registro en Youtube de varias de estas costumbres tuyas, mi querido colega. Podrás decir que los opinólogos de internet no entienden nuestra chamba, pero creo que sería chévere si te dieras cuenta que contribuyes a que a todos nos metan en el mismo saco. ¿Y sabes qué es lo peor? Que los practicantes de tu canal piensan que el periodismo de televisión se hace cómo tú lo haces… y entonces parece que esto no acabará nunca.

(*) Publicado para Diario 16